Existen supuestos básicos bastante compartidos por quiénes estudian las bases biológicas de la toma de decisiones, este es el principal:
La función del cerebro puede caracterizarse, en lo macroscópico, como toma de decisiones en pos del bienestar evolutivo. En un principio fue la necesidad de adquirir suficiente energía del ambiente para mantener la estructura y organización funcional de los organismos (vencer la entropía dirían), y la mejor, o la más vistosa solución, fue la invención del cerebro como regulador de la conducta adaptativa (gracias a la presión del ambiente y la existencia de genes como receptáculos de información que trasciende las generaciones).
Qué tiene que ver todo esto con el título: Estaba viendo la charla de Aubrey de Grey sobre el envejecimiento como una enfermedad más, que debe ser curada. Sin duda uno de los temas más llamativos para el ser humano, hace muchos siglos, es la idea de extender la vida llegando eventualmente a la inmortalidad. Para quiénes tenemos aprecio a la vida pero pensamos que ésta es finita (finita en serio, nada de continuidad arriba de las nubes), creo que es la salida lógica.
Sin embargo hay algo paradójico. El cerebro asigna valor a las cosas, situaciones, personas, etc. a lo que compone la vida, porque es sobre la base de ese valor que puede elegir entre distintos cursos de acción; y necesita decidir entre distintos cursos de acción porque debe mantener vivo del mejor modo posible al organismo en que se inserta, durante la mayor cantidad de tiempo posible, para que esparsa material genético en la población antes de su desintegración.
Si no hubiese existido la finitud de la vida de los animales, dificilmente hubiese surgido un cerebro que asigne “valor” a la cosas de la vida. Luego, ¿Qué pasará cuando la ciencia le gane a esa finitud? ¿Cuando el gusto por la vida, que lleva a la búsqueda de su extensión, termine con el peligro y la necesidad de la cual se originó dicho gusto? No es que dejen de operar los mecanismos ya existentes en nuestra cabeza para asignar valor, pero ciertamente se les cambian las reglas del juego y podrían dejar de generar los efectos que hoy generan…. ¿Por qué hacer hoy cualquier cosa que puedo hacer mañana, o en 50 años?
Un ejemplo: El sistema dopaminérgico, buena parte del sistema encargado de valorar las recompensas que encontramos en el camino, dispara con mayor intensidad por un objeto, situación o persona deseada si se entrega al corto plazo, que un equivalente, o un estímulo aun más atractivo entregado en el largo plazo. Efectivamente parace más atractivo un millon de dolares hoy, que 100 millones en 80 años. ¿Pero si sé que en 80 años estaré en las mismas condiciones de salud que hoy? y que en 200 años más seguiré vivo e igual de sano? yo al menos empezaría a pensar en la diferencia que esos 99 millones pueden hacer durante los millones de años que faltan para el big chrunch.
Creo que el miedo a la desintegración tiene bastante que ver con nuestra motivación por el movimiento, en pos de “metas” y placer. Tiene que ver finalmente con la cómica cadena de ambiciones personales que dan forma a la historia. También creo que a una futura generación le tocará lidiar con la inexistencia de ese temor, ¿Cómo les irá? (por si leen esto en ese futuro, ”¿Cómo les irá?” es una pregunta típica que se hacía a comienzos del siglo 21, cuándo la gente podía tener buenos o malos resultados. Un “resultado” era…bla bla )

Sebastián Contreras | 29-May-09 at 4:35 pm | Permalink
Interesante tema este de la inmortalidad. La vida como tal se entiende, tal como se ha dicho, dentro de una finitud, por lo que un acercamiento a la inmortalidad debiera revisar todos los conceptos de cómo entendemos lo vivo y lo no vivo, tanto desde un punto de vida biológico como filosófico, y para qué hablar de los alcances teológicos al respecto. Sin embargo, creo que la inmortalidad tal y como se entiende es un hecho casi inalcanzable (y digo casi porque quién sabe). Los pasos que se han dado al respecto, que son todos estudios en pañales por cierto, que involucran especialmente el comportamiento de la telomerasa a nivel cromosomático, así como también aquellos estudios de radicales libres y de oxidación, todos muy de moda hoy por hoy, atacan el problema de la vejez como enfermedad pero sin mayores pronósticos de lo infinito. A mi parecer, creo que la vejez efectivamente debe tratarse como una enfermedad, pero no en miras de una vida infinita, algo que es más cuantitativo, sino que más bien a la calidad de la vida, desde un punto de vista cualitativo de lo vital. Concuerdo con auquellos científicos que afirman que una vida indefinida es bastante poco probable de realizar, pese a que, claramente, la esperanza de ésta vaya creciendo considerablemente ha medida que avanzan los estudios. Sin embargo, de todas formas va a haber un fin (nuevamente, pero quién sabe), pero lo importante es el cómo se llega a ese fin, sin recordar nada y postrado en una cama por ejemplo, o de pie y pensando relativamente coherente.
Asimismo, pienso, al igual que lo que se dijo en el post, que los mecanismos que atribuyen valor a elementos del entorno seguirán funcionando tal y como lo han hecho siempre. Quizá de un modo menos apremiante, pero de todas formas se realizará por nuestra conformación biológica. No hay que olvidar que hace unos 2 mil, 3 mil años, la gente se moría a los treinta y tantos años, y hoy por hoy alrededor delos ochenta. Seguimos funcionando igual y adjudicando valos a las cosas pese a que las barreras de vida se han duplicado. Si viviéramos 150, 200 años, sería lo mismo. La cultura también se va amoldando a los tiempos individuales de vida. No hay que olvidar que a un mar de distancia aún la vida llega a los 40. Si es que…
La paradoja de la inmortalidad | 06-Feb-10 at 11:47 am | Permalink
[...] La paradoja de la inmortalidad http://www.neuroeconomia.cl/blog/2009/05/la-paradoja-de-la-inmortal… por migmai hace 5 segundos [...]