La moral y sus ilusiones

lecciones-de-moralEn mi cotidiana revisión de diarios chilenos me he topado repetidamente con el lamentable y mediático caso de Felipe Cruzat, niño fallecido hace unos días en la espera por un transplante de corazón. Luego de leer algo más en detalle el asunto, me pareció ver ilustrado en aqui uno de los aspectos más llamativos de los denominados juicios morales, a saber el carácter contradictorio que estos pueden adoptar y que se gráfica en las llamadas “ilusiones morales”.

En su interesante artículo “The Moral Instinct”, Steven Pinker plantea que nuestro “sentido” moral es básicamente consecuencia de nuestro desarrollo evolutivo. Es decir las personas son potencialmente programables para pensar en términos morales y una vez que se dejan influenciar por una determinada cultura son proclives a sus determinados códigos específicos e igualmente a la cantidad de aspectos que se han de “moralizar”. Pinker además de graficar cómo distintas áreas cerebrales trabajan e interactúan cuando analizamos dilemas morales, por ejemplo el Problema del Tranvía (Experimento de Joshua Greene, explicado en el post de René El estudio científico de los juicios morales, y su justificación moral) pone de manifiesto un interesante fenómeno derivado de este tipo de juicios: las “ilusiones” morales. Las ilusiones morales se dan cuando, frente a situaciones de similares características objetivas, las personas atribuyen arbitrariamente juicios morales distintos sin poder justificar adecuadamente la razón de los juicios. A través de esto se ejemplifica el carácter caprichoso y muchas veces no justificado en los hechos de los juicios morales, análisis que a todo esto le ha costado duros ataques a Pinker al observar, por ejemplo, la conducta moral de Teresa de Calcuta de no entregar medicina tradicional a los enfermos en sus misiones.

Es apropósito de este carácter ilusorio de los juicios morales que quiero volver al caso de Felipe Cruzat. Básicamente el punto que pretendo hacer es poner de manifiesto una “ilusión moral” que podría rodear a los juicios que se pueden hacer (o que no se hacen) respecto de este caso. A saber Felipe Cruzat tuvo la opción de ser transplantado, sin embargo la familia del donante potencial se negó a entregar el órgano necesitado. Sin entrar en valoraciones a este juicio particular, sino respecto de los observadores de la situación… ¿Qué hay de toda esa masa fuertemente comprometida con, lo que llaman ellos, la defensa de “la vida”?

 Estos señores (políticos, curas y otras vainas) que se adjudican la santidad más santa para elaborar juicios acerca de la conducta frente a células que acaso podría convertirse en algo (me refiero a su postura respecto de la anticoncepción), frente a esta situación guardan el más respetuoso silencio. Y no hablo sólo del silencio de facto, del no declarar nada más allá de palabras de buena crianza, hablo también del silencio legislativo. Se gasta mucha energía, verborreica y legal, para evitar que las personas decidan tomar anticonceptivos de emergencia a lo “pildora del día después” por la posibilidad de “asesinato” contra una célula inocente de su ser como una piedra, sin embargo no se hace el menor esfuerzo, ni declaraciones pomposas pro vida en relación a regular que existencias con historia concreta no se pierdan debido a la falta de mecanismos adecuados para que el proceso de transplante de órganos no dependan de sólo de juicios momentáneos en el peor de los contextos. Aparentemente la valoración de la vida como un bien abstracto e inmaterial parece primar en este tipo de juicios morales, relajándose la reacción acalorada de “defensa” curiosamente ante una situación absolutamente más real.

Pues bien, el estudio del sentido moral en general, y de juicios particulares me parece de mucha relevancia ya que pone bajo la mirada científico-argumentativa este fenómeno y, más allá de interés académico que este tema despierta, nos permite pensar en situaciones o valoraciones que adoptando el carácter de “correctas” se hacen indiscutibles, pero que de las cuales se desprenden muchas veces consecuencias absolutamente indeseables y dignas de re pensar y justamente discutir.

Por último os dejo una interesante reflexión de Bertrand Russell respecto de los que llamó moralistas:
“The infliction of cruelty with a good conscience is a delight to moralists — that is why they invented hell.”