Neuroeconomía de la holgazanería
Un poco de autoreferencia:
El comienzo de mi interés por lo que hemos llamado “neuroeconomía” se remonta a un suceso estúpido y común.
Año 2003, un peatón (yo), un cruce, un origen, un destino y un peligro. En esa ocasión, como muchas otra veces y mucha otra gente, fui directo del origen al destino… sin seguir la lógica de nuestro implícitamente-convenido-civilizado modo de cruzar la calle (reconozco un placer adolescente en eso… no es sólo por caminar menos!).
Ese día estuve a punto de contribuir al mejoramiento del pool genético de la humanidad removiendo mis propios genes de éste. En buen chileno: el auto venía o más cerca, o más rápido, o ambas, de lo que yo había percibido, si es que lo había percibido.
Luego de esa salvada, y tras un segundo o dos de autorecriminación, me quedé mirándo a los demás peatones sospechando 1. que pronto vería algo parecido con otro protagonista, 2. que ahí había algo interesante, simpático, curioso (no se si útil): Optimización y Riesgo. Optimización: aquello de la hipotenusa y la suma de los catetos (sigue la hipotenusa y, o llegarás más lejos, o llegarás antes, o necesitarás comer menos para llegar). Riesgo: ya está dicho, auto-remoción de genes.
Me acordé de esta historia discutiendo con un profesor amigo sobre como es que la neuroeconomía no habla sólo de asuntos financieros, mucho menos y ojalá nunca marketeros. Habla, por ejemplo, de cómo nuestro cerebro trae grabado el teorema de pitágoras , en términos de “saber cómo”, no de “saber qué”, por estar diseñado para seguir la mal-reputada ley del mínimo esfuerzo en su afán de mantener el balance energético del organismo. Eso a mi favor… En mi contra, también habla de cómo el mismo aparato puede fallar en la evaluación de riesgos motorizados.
