Uno de los principios de la teoría de la decisión racional que resultan más violados en la investigación del comportamiento real, es el de independencia del orden. En términos básicos este dice que, para una colección de cuatro opciones A, B, C y D, si la probabilidad de elegir A entre A y C ( Pr[A|{A,C} ) es mayor o igual que la de elegir B entre B y C ( Pr[B|{B,C} ), entonces la probabilidad de elegir A entre A y D ( Pr[A|{A,D} ) es mayor o igual que la de elegir B entre B y D ( Pr[B|{B,D} ).
Pr[A|{A,C} ≥ Pr[B|{B,C}, luego Pr[A|{A,D} ≥ Pr[B|{B,D}
Dicho así parece extraño que el comportamiento efectivo difiera, o al menos pueda llevarse a diferir, de este principio. Mal que mal, llevándolo a un ejemplo simple, parece obvio que si la probabilidad de elegir un Ferrari entre un Ferrari y un Toyota es mayor o igual a la de elegir un Ford entre un Ford y un Toyota; la probabilidad de elegir un Ferrari entre un Ferrari y un Opel debiera ser mayor o, en los casos más raros, igual a la de elegir un Toyota entre un Toyota y un Opel.
La realidad parece ser distinta, sobre todo cuando las etiquetas de las opciones no portan información como la del ejemplo de los autos (sobre valor y estatus), y/o cuando, como en la mayoría de los asuntos cotidianos, no existen métricas claras para evaluar las opciones presentadas.
He aquí un ejemplo de bar (caso real de coloquio con amigo que hace poco recobró su condición de soltería… y ya quiere perderla). Para efectos didácticos pensemos que son dos las dimensiones a evaluar de cuatro mujeres que le interesan: “belleza” e “inteligencia”.
Primero consideremos una eventual elección entre Macarena (M) y Tamara (T). No tienen una gran diferencia en “belleza”, pero Macarena está en desventaja en “inteligencia”. En consecuencia es menos probable que Macarena sea elegida.
Ahora consideremos una eventual elección entre Francisca (F) y Tamara. Francisca tiene una gran ventaja en “belleza”, pero una gran desventaja en “inteligencia”, esto dificulta la comparación, por lo cual (estamos pensando que “belleza” e “inteligencia” tienen la misma ponderación para “amigo”) ambas opciones tienen la misma probabilidad de ser elegidas.
Hasta aquí podemos decir que: Pr[F|{F,T} > Pr[M|{M,T}
Todo bien hasta que aparece una cuarta opción. Consideremos reemplazar a Tamara (T) por Clotilda (C) en ambas elecciones (como reemplazar el Ford por el Opel en el ejemplo de arriba).
Cuando comparamos a Macarena con Clotilda no vemos grandes diferencias en “inteligencia”, pero Macarena es un poco más bonita (”belleza”). En consecuencia es más probable que la elegida sea Macarena.
Por último, cuando comparamos a Francisca con Clotilda, la primera gana por lejos en “belleza”, pero la segunda lo hace por lejos en “inteligencia”, por lo mismo ambas mujeres tienen la misma probabilidad de ser elegidas.
Y tenemos que: Pr[F|{F,C} < Pr[M|{M,C}, lo que viola el principio de independencia del orden cuando comparamos a ésta con la pauta anterior Pr[F|{F,T} > Pr[M|{M,T}.
Razones:
1) La ambigüedad irreductible?¹ de percepciones y mensajes como “una gran diferencia”, “una gran ventaja (o desventaja)”, “una diferencia inapreciable”, cuando estos mensajes tocan materias inexpresables en números (El dinero como invención cultural tiene en ese sentido la función de simplificar las operaciones cognitivas involucradas en la toma de decisiones económicas).
2) Configuraciones del espacio de problema como el que se acaba de describir y abajo se diagrama.
Busemeyer y Townsend (1993), para resultados experimentales sobre el efecto de comparabilidad.
¹ En principio la neurociencia computacional podría llegar una cuantificación de estos aspectos sutiles de la cognición en su afán de explicar como se vinculan cerebro y conducta. Se ve dificil, de hecho no conozco nada que si quiera se acerque a eso, pero la frase de Arthur C. Clarke de que “lo que hoy ha empezado como novela de ciencia ficción mañana será terminado como reportaje” lleva rato mostrándose razonablemente acertada.


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