Neuropinólogos y “Neuroeconomía”: manoseando el concepto

La divulgación científica tiene varios aspectos positivos como se hace notar en este artículo y su discusión. Sin embargo también un costo. En el caso de la Neuroeconomía el costo de la divulgación ha sido alto: el uso indiscriminado del término, con fines comerciales la mayoría de las veces, ha desfigurado su naturaleza de cara a los medios masivos. Es algo así como la tragedia de los comunes “el concepto está ahí, es de todos, es de nadie, parece vendible… lo exploto antes de que otro lo explote”.

Den un paseo por google utilizando el concepto y se toparán con una serie de titulares periodísticos del tipo “se descubrió el área del cerebro que se activa cuando se compra (cualquier cosa)”, “aplique la neuroeconomía para hacer su negocio más rentable”, etc.

Señores, caballeros y delegados: Los conceptos no se confiscan, pero me parece necesario aclarar cual es el alcance de la cuestión en los laboratorios de neurociencia cognitiva. Ya que quienes ocupan “neuroeconomía” para negocio suelen hacer referencia a evidencia experimental, creo que corresponde.

Esta cita me parece suficientemente clara: “La función global del sistema nervioso puede caracterizarse como toma de decisiones en pos del bienestar evolutivo ” (Glimcher, 2004. pp 174. traducción mía). La toma de decisiones no está necesariamente vinculada al consumo de bienes y servicios en su versión occidental moderna, tiene que ver con casi cualquier comportamiento; desde las estrategias maximizadoras del escaneo visual de una paloma en busca de alimento , hasta las formas en que se da la elección de pareja en nuestra cultura.
Se trata de decisiones económicas, donde ‘económicas’ debe ser interpretado en el sentido más amplio, como cualquier proceso decisional (humano o no humano) que se da por la evaluación de alternativas (Zak, 2004. Neuroeconomics)

Otro elemento que ha incentivado el, al menos, apresurado uso del concepto por parte de disciplinas como el marketing, es la ampliación del uso de tecnologías como la fMRI. “Una imagen vale más que mil palabras” dice el dicho popular. Para el caso “Una imagen vende más que mil palabras”. Pero una cosas son los datos (en este caso las imágenes extraidas mediante procesamiento estadístico), y otra son las interpretaciones. Las interpretaciones son un ejercicio creativo, en el mejor de los casos sustentado en datos anteriores. Con la misma evidencia se pueden armar un sin fin de interpretaciones; incluso algunas periodística y marketinescamente impactantes (en esto no se salva la ciencia, solo que el escrutinio de teorías y conclusiones es, en la gran mayoría de los casos, mucho más riguroso).

Me parece aclaradora la idea de Daniel Engber al respecto en Slate (en relación a quienes proponen cambiar hoy mismo los estudios clásicos de opinión política por el escaneo masivo de cerebros):

“The neuropundits (que apróximadamente traduzco aquí como “Neuropinólogos“) are more like tarot readers than scientists: They claim to read specific mental states from patterns of blood flow and brain activity, but the narratives they invent are arbitrary, equivocal, and inconsistent. And whenever the imaging data happen to contradict reality, they change their interpretation without a second thought”… (Gracias Remis por el dato).

Finalmente un extracto como ejemplo de esta banalización del uso de Neuroeconomía:

“La neuroeconomía es una ciencia mixta entre psicología, neurología y economía que utiliza al máximo las posibilidades cognitivas para la toma de decisiones, con un mínimo de datos y de una forma rápida, sin alterar el orden personal del colectivo empresarial. Así la describen los expertos españoles en la materia” (aquí completo).

Quizá alguién se anima a dejar en los comentarios otra cita de este tipo.