…de la ilusión de libertad

El tema del libre albedrío es central, en un sentido doble, para una ciencia de la toma de decisiones. Por una parte se refiere directamente al grado de posibilidad de la existencia de las “elecciones libres“, (entendidas aquí como aquellas tomadas por un sujeto con independencia de una determinación estricta por variables genéticas y ambientales interactuantes; o dicho más llánamente, como aquellas decisiones que sentimos realmente “nuestras decisiones”). Por otra parte, la misma creencia en el libre albedrío (el meme del “libre albedrío“) tiene consecuencias en la cadena de toma de decisiones individuales que genera lo que hemos denominado “cultura”, que a su vez insuma información a futuras decisiones individuales y colectivas (analícese por ejemplo el rol de la creencia en el “libre albedrío” y sus parientes “mérito” y “responsabilidad” en el tipo de sistema social-económico que hemos consolidado durante el último siglo).
En este post me referiré principalmente al primer sentido, al grado de posibilidad de la existencia de las “elecciones libres“, dejándo para más adelante la sociología.
La ciencia es por definición materialista (aunque siempre hay extravagancias al respecto como la de Eccles). De momento que se define como el conocimiento gradual del mundo a través de la evidencia, sólo acepta afirmaciones referidas a entidades y fenómenos evidenciables, ya sea por vía sensorial, por medio de instrumentos de medición, o por demostraciones matemáticas a partir de registros de medición. Desde un punto de vista materialista como este, el libre albedrío (tal como se definió más arriba) se ve imposibilitado por principio, ya que supone la existencia de un ente (”el sujeto”, “el espíritu”, “el yo”, “el fantasma dentro de la máquina”, llámelo como quiera!) que es inmaterial (de lo contrario estaría determinado por las leyes de la física); pero influye en la materia, controlando por ejemplo la conducta corporal como si tuviera energía (propiedad física) que transferir.
Durante las últimas décadas, con la puesta en moda de la (mal)interpretación postmodernista y new age de muchas teorías sumamente respetables, no han faltado los que ven en la teoría de los cuantums un espacio para salvar la creencia en la libertad de acción y reconciliarla con la ciencia. Martin Gardner da una respuesta, según mi parecer, concluyente: “Supongamos que una cierta decisión es desencadenada por un salto cuántico aleatorio en el cerebro, o como decía Epicuro, por un ‘viaje’ aleatorio de una partícula fundamental. Como el salto es fruto del puro azar (suponiendo que la mecánica cuántica esté realmente en lo cierto), está claro que esto no concuerda con lo que intuitivamente sentimos que ha de ser el ‘libre albedrío’. Sólo se sustituye lo que antes era una decisión causal por una decisión fortuita, como si se decidieran las posibles líneas de acción en una ruleta. Una decisión de esta clase no tiene nada de creativo. A mi modo de ver la mecánica cuántica no arroja ninguna luz sobre el problema del libre albedrío”(1).
Casi finalizándo aclarar que lo aquí discutido no dice relación directa con el valor de la libertad como principio (político) para regular las relaciones humanas, al cual, al menos hoy, adscribo fervientemente. El tema planteado se refiere a si la creencia de base es cierta o no, no a la conveniencia o grado de bondad de la creencia. Resulta curioso de todos modos que las creencias a la base de dos doctrinas mellizas, liberalismo y racionalismo científico, fuertemente impulsadas durante la ilustración europea, desemboquen en contradicciones tan profundas.

Pero una cosa son las disgreciones filosóficas. Otra, muy sabrosa para quiénes gustamos de estirar el elástico desde la ciencia hacia dichas disgreciones, son los hallazgos empíricos relacionados. En el próximo post comentaré algunos…

(1) Martin Gardner (1983). Los porqués de un escriba filósofo. Tusquets. p.113-114. (Más libros de Gardner)